lunes, 19 de diciembre de 2016

Amigos, familiares, lectores. Un año más, mis mejores deseos. Y sobre todo, GRACIAS por estar ahí.
Continuamos leyéndonos. 
Besos y abrazos a todos.



domingo, 27 de noviembre de 2016

Liquen

Siempre me han parecido fascinantes los líquenes, con sus ráfagas de color cubriendo el lienzo seco de las cortezas, génesis de una segunda piel. Como pintores de la naturaleza, como geniales grafiteros que tiñen de arte los grises muros que habitan las ciudades.
Normalmente se les asocia con lugares umbríos, cubiertos de lluvia y sombras, con las bellas y húmedas tierras del norte de España, con recónditos bosques. Pero resulta que podemos encontrarlos en los montes de Colmenar, a poco menos de 30 km de la ciudad de Málaga.
Dijo Cortazar, que la felicidad para él tenía un aire como de unicornio o isla, de caída interminable en la inamovilidad. Y yo podría pasarme horas contemplando inmóvil semejantes unicornios. Y sería completamente feliz. Los líquenes están formados por la unión simbiótica entre un alga y un hongo, en uno de esos malabares con los que la evolución deslumbra el corazón de los hombres, en una pirueta acrobática directa al talón de aquiles de lo lógico y de lo previsible. El alga pone la energía fruto de la fotosíntesis, mientras que el hongo cumple su parte del trato añadiendo agua y minerales. Ocurrió hace millones de años y hoy, su éxito (habitan desde regiones polares hasta trópicos y desiertos), nos da una lección de valor incalculable sobre el poder de la colaboración y las sinergias.
El que vemos en la foto, vistiendo almendros y otros árboles en la "ruta de La Molina" de Colmenar, es Xanthoria parietina. Se caracteriza por soportar condiciones de sol prolongado y ausencia de lluvia, lo que lo hace el superviviente ideal de entre los líquenes en nuestros campos secos y agrestes de Andalucía.
Acabamos de decir, recordando los libros de Ciencias Naturales que muchos estudiamos, que el liquen es el resultado de la unión entre un alga y un hongo. Pero la ciencia avanza y los libros de Ciencias Naturales, o como se llamen ahora, envejecen. Y es que hace tan solo unos meses, ha sido descubierto un tercer miembro del consorcio, una levadura, oculta hasta ahora para los ojos de generaciones de biólogos. El investigador Toby Spribille y sus compañeros de las universidades de Montana (Suecia), Graz (Austria), Purdue (Estados Unidos) y el Instituto Canadiense de Investigación Avanzada de Toronto se han llevado la portada de la prestigiosa revista Science por ello.
No debemos mirarlos con recelo, al revés. Son bioindicadores, lo que quiere decir que los lugares que habitan se caracterizan por un buen estado ambiental, por una buena calidad del aire. No son signos de enfermedad, sino de salud, y debemos de conservarlos como a cualquier otro integrante de los ecosistemas.
Por todas estas razones, porque la felicidad tiene, según Cortázar, un aire de unicornio o isla, yo quiero ser feliz contemplando un liquen, yo quiero sentirme liquen.


domingo, 20 de noviembre de 2016

La Molina (Colmenar)

Cuando llegamos a Colmenar dispuestos a hacer la ruta (una de las señalizadas recientemente y que podemos encontrar en la web del municipio) nos dijeron que en esos caminos poco había que ver. Pero como dijo Saint-Exupery, lo esencial es invisible a los ojos. Y a eso nos dispusimos, a desentrañar invisibilidades.
Colmenar, a poco menos de 30 km de la ciudad de Málaga, es vía de entrada y escaparate de los valores de la Axarquía. Olivos centenarios, cortijos antiquísimos, algunos abandonados y otros aún con actividad, y plantaciones inacabables, forman junto a una naturaleza oculta pero fascinante, las señas de identidad del recorrido. La ruta comienza justo detrás de la ermita si llegas desde el pueblo, en el carril izquierdo teniendo ésta a la espalda. No está muy claro, por eso le tuvimos que preguntar a un par de agentes de policía que nos atendieron amablemente.
El tajo del hornillo, Sierra Prieta, Hundidero son un impresionante telón de fondo axárquico durante el camino. Un monolito (sobre el que aparezco sentado en la fotografía) nos avisa de la cercanía del Cortijo de la Molina, casa de labranza del siglo XVIII, que da nombre a la ruta y que, habiendo sido restaurada recientemente, hará nuestras delicias con su era intacta (redondel adoquinado con piedras en el que muchas veces con la ayuda de los animales de carga se realizaba la trilla, es decir, se separaba el trigo y la cebada de la paja).
Normalmente asociamos los líquenes con lugares umbríos, cubiertos de lluvia y sombras, con las bellas y húmedas tierras del norte de España, con recónditos bosques. Pero el que vemos en la foto, vistiendo almendros y otros árboles, es Xanthoria parietina, que se caracteriza por soportar condiciones de sol prolongado y ausencia de lluvia. Son bioindicadores, lo que quiere decir que los lugares que habitan cuentan con un buen estado ambiental, con una buena calidad del aire.
La lagartija colilarga (Psammodromus algirus) es un reptil clásico del monte mediterráneo, de las zonas de matorral y de los campos de cultivo. Se alimenta principalmente de insectos que captura con facilidad gracias a su agilidad de movimientos y a su capacidad para mimetizarse con el rocoso entorno y la hojarasca.
Puede que una de sus presas sea el chinche de la malva arbórea (Pyrrhocoris apterus), también conocido como zapatero o San Antonio. Es nada más y nada menos que un depredador natural de la euzophera, el abichado del olivo, un lepidóptero que excava galerías en la madera, pudiendo provocar el secado e incluso la muerte de tan importante árbol para nuestra economía. Insecto entonces de gran importancia igual que de gran belleza. Como de gran belleza es también esta vanesa de los cardos (Vanessa cardui), una de las mariposas de mayor distribución geográfica, encontrándose en todos los continentes menos en la Antártida. Por no hablar del canto de una sugerente avifauna.
Otros cortijos como el de Napolín nos hablarán de un pasado no tan lejano, el de la cría del ganado. La antigua cañada real "Alhama-Antequera" lo hará de unos tiempos en los que estos campos eran camino obligatorio para la transhumancia entre las provincias de Málaga a Granada.
Cortijos históricos, líquenes bioindicadores, insectos que luchan contra plagas, mariposas que han colonizado casi todo el planeta. Nos dijeron que había poco que ver, pero sabíamos que, como dijo Saint-Exupery, lo esencial es invisible a los ojos. Y nos dispusimos a desentrañar invisibilidades.








lunes, 19 de septiembre de 2016

El último cazador

"Las personas no deberíamos nunca perder el contacto con la naturaleza."
"Si el ser humano quiere sobrevivir tendrá que aprender a vivir con la naturaleza, no contra ella."
"Yo no creo que ninguna especie sea especialmente nociva para la naturaleza. El hombre tiene un papel que jugar.También ayudamos a mantener el equilibrio del ecosistema, siempre y cuando solo tomemos lo que necesitamos."

Son algunas de las frases que aparecen en 
"El último cazador" (Vanier, N. 2005), una de las películas de mayor belleza que he visto en mucho tiempo. 


La ficción nos cuenta la vida de Norman, un trampero que sigue viviendo, igual que se hace desde hace siglos, en armonía con la naturaleza. Junto a Kebaska, una india Nehanni, y sus perros vamos siendo partícipes de la lucha diaria por la supervivencia en un entorno cada vez más amenazado por industrias como la maderera.


Los espectaculares paisajes nevados del Cánada, como sacados de una novela de Jack London; los comentarios del protagonista en off, de gran interés ecológico; la ausencia de tramposos efectos especiales; los minutos y minutos de silencio, solo alterado por sonidos de la naturaleza; la visión bella y a la vez cruda de esta, sin edulcorantes; la emotividad, sin necesidad de efectistas giros en la trama. Estas son algunas de las características que más me han llamado la atención del filme.
Así lo definía el director: "Norman nos invita a un mundo aparte donde las brisas gélidas soplan con más fuerza que las palabras."


Una pequeña joya para deleitarse y huir de la impostura y la estridencia del cine comercial que nos venden con calzador hoy en día.


¡Ah, lo olvidaba: una gran BSO en la que aparece el gran Leonard Cohen!


Repito: de lo mejorcito que he visto en mucho tiempo. 




Historia en Almuñécar

Como dijo Lamartine, la casualidad nos da aquello que nunca se nos hubiera ocurrido pedir. Cuando dejamos La Herradura y llegamos a Almuñécar no sabíamos muy bien qué hacíamos allí, pues aquel no era el tipo de lugar que buscábamos. Pero, ni en nuestros deseos más optimistas se nos hubiera ocurrido pedir, en Almuñécar, un entramado urbano histórico adosado a las murallas de un castillo como el que existió hasta no hace muchas décadas en Málaga o Granada.
Y es que siempre me han parecido fascinantes las fotografías de la Alcazaba malagueña habitada. Casas en su mayoría de una sola planta, de paredes encaladas, calles de trazado laberíntico emulando su origen musulmán, gentes humildes, pobreza, abandono, pena. Aquello tuvo su origen en la pérdida de la función militar de la fortaleza por parte de Carlos III en 1786, lo que atrajo a ella a personas de pobre condición social conformándose todo un barrio. Algo similar ocurrió en La Alhambra, la que descubrieron los románticos, la de los cuentos de Washinton Irving, la de posteriormente Gerlad Brenan.
En Málaga, fue sobre todo D. Juan Temboury el que inició la demolición de todas aquellas viviendas, algo necesario para que pudiera reconstruirse La Alcazaba tal y como hoy la conocemos. Pero uno siempre ha creído que la Historia no debe hacer distinciones y que forman parte de ella tanto los califas que la habitaron como palacio en sus inicios como los gitanos que malvivían en sus muros en esos años. Como también, con lógica, que ya no iba a presenciar nada de eso, que nunca podría sentir lo que sintieron Irving o Brenan. Y llega a Almuñécar y se le rompen a uno los esquemas. El turista estaba fuera, en la playa, en el sopor de las hamacas y los calores, en la música estridente del chiringuito, en la lenta atonía de las multitudes. Nosotros preferimos adentrarnos y viajar al pasado unas cuentas décadas. Un trayecto para el que nadie nos pidió ticket.
Y hablamos con algunas mujeres gitanas que allí aún habitan, que nos miraron, al principio, con extrañeza. Y nos perdimos en su laberinto. Y contemplamos la sencillez de sus viviendas, algunas en ruinas, otras con la dignidad que da el cuidado de lo que se ama.
Una maravilla que deberían mimar y conservar en Almuñécar. Tienen algo excepcional y tengo la sensación de que no lo ven, cegados por arena de playa. Una empleada del castillo nos dijo, sin ir más lejos, que allí no había nada "histórico". Una pena.
Un improvisado túnel del tiempo en forma de estrecha callejuela nos llevó de nuevo al siglo XXI, a la bulliciosa plaza del Ayuntamiento en la que la gente seguía su transitar, su prisa, su rutina, como si no hubiera ocurrido nada. Para nosotros habían pasado décadas, tal vez siglos, fruto de una casualidad que nunca se nos hubiera ocurrido pedir.






lunes, 12 de septiembre de 2016

Naufragio en La Herradura

Dijo Borges que el mar es un antiguo lenguaje que nunca se alcanza a descifrar. Nadie sabe cuan cerca estuvieron de hacerlo los 5.000 tripulantes de las 25 galeras de la Armada Española que perdieron la vida aquel 19 de octubre de 1562 en la bahía de La Herradura.
Y es que los fondos marinos de esta joya de nuestro litoral esconden los restos de un naufragio, los ecos, para quien se pare a escucharlos, de una tragedia que marcó el devenir de un imperio. Felipe II pretendía el control del Mediterráneo para poner freno a los turcos y expulsar de las costas a los corsarios. Hoy, más de cuatro siglos después, uno solo busca en estas aguas poner freno al rugido de los cláxones, al desquiciante tintineo de los whatssaps, uno es un merodeador de silencios frente a los corsarios de lo estridente, un descifrador de lenguajes antiguos como decía Borges.
El gran marino Juan de Mendoza no pudo con el temporal y los 25 barcos que dirigía permanecen ocultos en algún lugar de estos fondos y en algún pie de página de una Historia que muchos hoy ignoran o desprecian. Al menos Cervantes se atrevió a bucear en el mar de la memoria y rescatarlos en la tabla salvavidas de una cita en su (nuestro) Quijote: “que fue hija de Don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que se ahogó en La Herradura...” Los buenos escritores forman patrullas de salvamento contra el olvido.
La furia del oleaje hizo que las galeras chocaran unas contra otras hundiéndose y con ellas miles de marineros. Y con ellos miles de atardeceres, miles de puertos que ya no verían, miles de sueños, miles de abrazos, miles de besos de ella camino a ninguna parte. Aún continúan allí, en algún lugar, vestidos de mar, como imaginaron a Storni, pero sin laureles ni canciones. Se salvaron otros dos mil, precisamente galeotes, es decir, prisioneros usados como remeros, en otra de esas piruetas con las que pareciera que el destino juega con los hombres. Podría ser un brillante argumento para una novela o para una película, tal vez.
Miro a mi alrededor y solo veo bañistas, niños disfrutando de los juegos y del verano. Pero me acuerdo de Borges, del marino Juan de Mendoza y sus 25 barcos, de Cervantes. Pienso en ellos, en los que perecieron, en los supervivientes, en los náufragos, cuando el viento empieza a levantar unas pequeñas olas. Quizá como aquel día de otoño de hace más de cuatrocientos años. Trato de protegerme esquivando las salpicaduras, pero caigo en la cuenta de que eso no sirve ni contra las olas del mar ni contra las de la vida. Porque, dijo Borges, que el mar es un antiguo lenguaje que nunca se alcanza a descifrar. Y la vida, añado yo, tampoco.


Monumento a los Hombres de Mar, de Miguel Moreno. Playa La Herradura.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Sendero Torre de Cerro Gordo

Cabras montesas saltando los riscos de un fantástico monte mediterráneo, torres vigías del siglo XVII perfectamente conservadas, playas de aguas cristalinas en las que pueden observarse peces sin salir de la orilla... Y todo ello a unos minutos de la civilización. En pocos lugares de Europa es imaginable algo así. Es el Paraje Natural de los Acantilados de Maro-Cerro Gordo.
España es el país europeo con mayor biodiversidad y fiel representación de ello es el tesoro que tenemos entre las provincias de Málaga y Granada. Si en otra ocasión os hablé del lado oeste (Maro), hoy quiero hacerlo del este (Cerro Gordo). Deciros que las fotos que comparto aquí no son resultado de horas de observación ni producto de sofisticadas cámaras. Al contrario, están al alcance de todo aquel dispuesto a olvidar el soniquete de los smartphones, a hacerse uno con la naturaleza, a hablar su propio lenguaje.
Un sendero corto nos llevó a la torre vigía de Cerro Gordo. Se construyó hace unos cuatro siglos para alertar de la llegada de piratas. Eran berberiscos, otomanos, normandos y también anglosajones. Una señal a tiempo evitaba que poblaciones enteras fueran arrasadas e incendiadas con un coste terrible en vidas humanas entre los moradores de estos pueblos. Trato de imaginar todo eso en un absoluto silencio mientras pierdo mi vista en un mar tan azul como inmenso.
Aprovechamos al regreso para enlazar este sendero con otro que nos lleva a la playa de Cantarriján. Una bajada por una empinada cuesta en pleno monte mediterráneo de pinares de repoblación, encinas, coscojas, retamas, jaras y palmitos, en la que aparecieron un par de ejemplares de jovencísimas hembras de cabra montés (Capra pyrenaica) como la de la foto. Una maravilla que nos ha acompañado a los hombres desde los tiempos más remotos, como demuestran numerosas escenas en pinturas rupestres del pleistoceno. Estuvo al borde de la extinción y fue la creación en 1905, por el rey Alfonso XIII, del Refugio Real de Caza de la Sierra de Gredos, la primera de las medidas que salvaron a una entonces reducidísima población. Admiración y respeto ante la figura de nuestra gran cabra mientras la vemos perderse entre los riscos.
Y, al fin, el mar. Más apetecible que nunca bajo el sol abrasador de Julio. Tengo que decir que afortunadamente he conocido muchas playas a lo largo de nuestra geografía y en ninguna de ellas he podido ver y fotografiar semejantes bancos de peces en la misma orilla como este de obladas (Oblada melanura). La imagen que vemos, ojo, no es submarina. Está tomada desde fuera del agua, lo que nos da una idea de su limpieza, de la del paraje y de la gran cantidad de praderas de posidonia que en él aún habitan. Un gran acierto que ha tenido la Consejería de Medio Ambiente es el de prohibir el acceso de vehículos y su estacionamiento en las zonas cercanas a la playa. Todo eso suma. Deberían hacer lo mismo con la más castigada playa de Maro. Un microbus se encarga de subir y bajar pasajeros desde la 340 por solo 2€.
En definitiva, una joya que tendemos a creer que está ahí porque tiene que estar ahí y no caemos en la cuenta de que si podemos disfrutar de ella es por la dificilísima lucha de biólogos y de amantes de estas tierras contra las presiones de los de siempre, los que sacrificarían todo esto prometiendo a cambio "desarrollo y puestos de trabajo". Ojalá se hubiera podido salvar más litoral en aras de una conservación que es además diferenciación, generación de destino y valor añadido. O sea, lo que sí genera empleo sostenible y de calidad. Pero se hizo lo que se pudo. Al igual que aquellos vigías que avisaban de la presencia de berberiscos. Este paraje nos toca a todos descubrirlo, amarlo y conservarlo.