Black Friday: R de repensar, R de responsabilidad.

El 31% de los españoles afirma que, durante el Black Friday, compra productos que no necesita. Es una de las conclusiones del estudio Black Friday Report 2019 realizado por Milanuncios.
Teniendo en cuenta datos como este y que a nivel mundial se producen más de 2.100 millones de toneladas de desechos al año, muchos afirman que la regla de las 3R (Reducir, Reutilizar y Reciclar) se ha quedado corta. Yo añadiría una 4ª: Repensar.
Repensar por qué hemos asumido el modelo de las compañías textiles cuya calidad potencia el “usar y tirar”. Según el creador del concepto huella hídrica, Arjen Hoekstra, un solo vaquero requiere de 10.000 litros de agua. Por no hablar de la explotación laboral, de la contaminación o de la constante e inexorable emisión de CO2.
¿No tendrá más sentido, para nuestro bolsillo y para el medio ambiente, conservar la ropa durante años? ¿Mimarla, cuidarla? ¿Rediseñarla, tal vez? ¿Esperar, si es eso lo que nos preocupa, que vuelva la moda?
Repensar si compensa traer mangos o plátanos del otro lado del océano, con la huella de carbono que eso provoca, teniendo mucho más cerca los de la Axarquía malagueña o los de Canarias.
Repensar por qué vemos normal que los productos electrónicos no duren lo que antes duraban o nosotros mismos los reemplacemos por otros de modelos superiores a los pocos meses.
El impacto ambiental de los teléfonos móviles es terrible. Según Enrique Montero, profesor de Tecnología Electrónica de la Universidad de Cádiz, entre otras cosas porque necesitan elementos químicos cuya extracción y procesamiento provocan la contaminación del agua, aire y suelo.
¿De verdad necesitamos un móvil nuevo cada año? ¿No deberíamos ver como un logro tener el mismo durante 6, 7 o más años? ¿Por qué ningún sindicato denuncia la extinción de un oficio tan inteligente como el de la reparación?
Repensar qué tipo de telaraña mental nos empuja a adquirir aquello que no nos hace falta. Qué clase de vacío existencial, qué carencia emocional, viene a acallar la compra impulsiva, compulsiva, de esos objetos. Y qué devastación personal provoca.
Repensar. Si es que alguna vez todo eso se pensó.
Y no. No se trata de no usar tecnología, de no comprar ropa, de que queramos volver, como dicen algunos, al paleolítico.
Sino de no dejarnos arrastrar por esos productos con grandes descuentos a los que primero se les hincha el precio y después se les baja; de asegurarnos de que en verdad lo necesitamos, que hará nuestra vida mejor, que no apretará de manera absurda la soga de nuestras deudas, que no contribuirá a la factura que, en forma de pérdida de recursos y de calidad de vida, pagarán nuestros descendientes.
Ya no vale quejarse de Amancio Ortega o de los políticos. Atrevámonos a promover, como ciudadanos maduros y con espíritu crítico, un consumo más racional, justo, sostenible, equilibrado y sin tanto despilfarro. Con R de repensar, pero también de responsabilidad.


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