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Torre de la Alhaja o Quirosa

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El bosque siempre ha ocupado un lugar destacado en nuestro imaginario. Desde tiempos inmemoriales nos ha provocado curiosidad y rechazo, atracción y alerta, fascinación y miedo y eso lo hemos recreado en nuestras narraciones. Desde aquellos lugares oscuros habitados por criaturas fantásticas y amenazantes de los cuentos medievales a ese paraíso con el que regresar a los orígenes del ser humano del que habló Thoureau. Pero también el bosque, o la selva, ha sido descubrimiento, encuentro con civilizaciones antiguas, con sus vestigios en forma de construcciones ocultas por el tiempo y la maleza. Uno pensaba, en su ingenuidad, que en la Europa contemporánea esto era imposible. Hoy voy a contar lo que nunca me hubiera gustado contar. Lector, debo avisar, aunque ojalá me equivoque, que es probable que cuando leas esto ya no exista la Torre de la Quirosa o de la Alhaja. Comenzamos. Esta ruta transcurre por los Montes de Málaga, aunque fuera del Parque Natural: el Pinar de Los Almendrales.

Ojos de buey

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Desde el ojo de buey de un barco, el puerto de Algeciras parece Nueva York. Es como si algunos lugares nos dotasen de otra forma de mirar, con más magia tal vez. O quizá sean los momentos, las fases en las que la vida nos pasa, nos atraviesa. Porque también en el mismo barco, cuando cae el silencio, los motores suenan como los alaridos de una ballena metálica. Eso me ha llevado a recordar aquellos años en los que preparaba la oposición, aquella a través de la cual entré a formar parte del Instituto Español de Oceanografía (IEO). La ilusión, las ganas de luchar por un futuro, despertar cada mañana con un objetivo, la fe en una meta que veía ahí, a la vuelta de la esquina. Pero también los primeros desengaños, aquellos aprendizajes que sentí como fracasos, la desorientación, las dudas, la falta de oportunidades. Las voces de los que me decían que era imposible, aquellos que, como en el poema de Benedetti, prefieren vivir inmóviles al borde del camino. Tal vez de lo que se trate es de asu

Espías en el abismo

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La campaña oceanográfica RADMED 0121 del Instituto Español de Oceanografía (IEO)  seguía su curso y, ya en su jornada número 19, el buque Ramón Margalef se adentraba en las aguas del norte de Ibiza. El cielo estaba cubierto por una masa de nubes tan espesa y oscura que cualquier atisbo de luz del sol se antojaba una utopía, un sueño, un recuerdo lejano. El mediterráneo balear parecía el ártico. Alcatraces y gaviotas sobrevolaban el barco y se posaban en la superficie del mar como si fuese un día más. Desconocían que algo diferente se cocía puertas adentro de nuestra gran casa flotante de acero. Un trasiego de científicos, de técnicos y miembros de la tripulación inundándolo todo de cajas, cables y curiosos aparatos ya presagiaban que se iba a llevar a cabo algo más que las rutinarias tomas de muestras. Y esto no era otra cosa que la recuperación y posterior suelta de una línea de fondeo. Hablamos de cuerdas, generalmente de nylon, que suelen ir armadas con sensores oceanográficos para

La costa de los gigantes

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La mañana había comenzado tranquila y soleada a bordo del Ramón Margalef. Aún maltrechos por el temporal del día anterior, salimos a cubierta a recibir los primeros rayos de sol en la que era una jornada de transición con las miras puestas en las estaciones de la campaña RADMED0121 ubicadas en las aguas de Ibiza. Pero en un momento dado, el gran buque de investigación parece poner rumbo a tierra en dirección contraria. Aparece entonces, aunque aún lejana, la gran mole del Cabo de San Antonio, en Jávea, provincia de Alicante. El capitán había decidido proteger a la embarcación de los últimos coletazos de la ventisca y la furia que nos sacudió apenas unas horas antes. Y es que la bahía de Alicante, por sus enormes acantilados, ha ofrecido desde siempre refugio de muchos de los vientos que azotan el litoral. Ha sido y es costa de gigantes. Incluso sus fondos cubiertos de arena y algas amortiguan las olas de los temporales. Y esto propició desde tiempos muy remotos los primeros asentamient

RADMED

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De un tiempo a esta parte las cosas suceden tan rápido que apenas tengo tiempo para contaroslas como me gustaría. Como muchos ya sabéis, a finales del año anterior me asignaron participar en una campaña oceanográfica y me he pasado practicamente todo enero navegando. Casi un mes a bordo del Buque Oceanográfico Ramón Margalef, auténtico laboratorio flotante del Instituto Español de Oceanografía - IEO de 46m de eslora. La experiencia desde el punto de vista profesional y también personal ha sido de lo más enriquecedora. Nada que ver con trabajar en el laboratorio en tierra. En el barco aprendes a marchas forzadas, porque el ritmo es de vértigo ya que es necesario coger las muestras antes de que llegue a la siguiente estación en la que la roseta de botellas que veis en la imagen deberá estar perfectamente preparada para coger otras muestras. Te acompañan, además, compañeros que tienen muchos años de experiencia; descubres que hay miembros de la tripulación que pasan la mayor parte del añ