Una playa natural: la mejor defensa contra los temporales

Ha pasado ya una semana desde que el temporal Gloria dejase notar sus efectos más devastadores. 13 personas han fallecido a lo largo de nuestra geografía. Vaya por ellos mi más sentido recuerdo.
El Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha visitado Mallorca, una región fuertemente golpeada por la borrasca. No es difícil saber lo que vendrá después porque esto no es nuevo, aunque el cambio climático esté aumentando, según los expertos, la virulencia y frecuencia de estos eventos.
Hablo de inventariar el desastre, de cuantificar las pérdidas, de declarar la zona como catastrófica, de esperar (mucho, en la mayoría de los casos) a que lleguen las ayudas.
Lo que hoy son escombros, paseos marítimos que parecieran haber sido pisoteados por gigantes, coches engullidos por el fango o playas reducidas al mínimo dejarán paso a costosas obras de reparación y a la mal llamada regeneración de dichas playas mediante toneladas de arena que permanecerán allí… Hasta el siguiente temporal.
Hay que hablar claro porque desde los medios, en general, no se está haciendo. No todo es cambio climático. Todos deberíamos saber que tras décadas de urbanismo descontrolado ya no llegan los sedimentos que regeneraban la playa porque se han alterado los cauces fluviales que los aportaban, se han ahogado las ramblas con hormigón y cemento y se han construido altísimos edificios frente al mar que impiden dichos aportes a través de los vientos.
Lo ha dicho Eulàlia Sanjaume, catedrática de Geografía Física de la Universitat de València: “las playas son sistemas vivos muy delicados que pueden vivir muchos años si las alimentas bien pero que si no, se mueren”.
Y a nuestro litoral lo hemos matado de sobredosis urbanística (en la provincia de Málaga más del 60% está urbanizado). Hemos perdido, en definitiva, la mejor protección posible frente a las Glorias y sus desgracias: la playa natural.
Los ciudadanos asistimos impasibles al baile de cifras de las acciones necesarias para devolverlo todo a su estado anterior. Pero pocas veces se nos dice que, por ejemplo, solo en el año 2016 el Gobierno se gastó 10 millones de euros en total en poner arena. ¿Se audita o se hace un seguimiento de los contratos de adjudicación de dichos fondos públicos que tienen lugar año tras año?
Esta política, a nadie se le escapa a poco que lo piense, es tirar el dinero, en el mejor de los casos, al mar.
El Colegio de Geólogos ha abierto el debate proponiendo "deconstruir la costa" como medida a medio y largo plazo. "No significa demolición sino reconstrucción para que la naturaleza recupere lo que es suyo", ha explicado el experto en riesgos naturales de esta organización Joan Manuel Vilaplana.
Me parece un buen punto de partida. Luego será cuestión de concretar actuaciones realistas. Y el tiempo apremia. Los temporales destructivos en las costas aumentan y la velocidad de los vientos y la altura de la olas también desde hace tres décadas, según una investigación publicada en Science el año pasado.
Hay que hablar de una regeneración del litoral integral y a largo plazo. Hay que hablar de intrusión salina, de erosión costera, de alteraciones en los ecosistemas y en los caudales de los ríos, del papel de los humedales, de la necesidad de aportar los sedimentos mientras no pueda volver a hacerlo la naturaleza.
Hay que hablar de escolleras para proteger el litoral, pero también de recuperación y restauración de sistemas dunares que alimentan la playa y reducen la erosión a la mitad. Hay que hablar de investigación. Hay que hablar de inversión.
El nuevo Gobierno cuenta con toda una Vicepresidencia de Transición Ecológica. Los ciudadanos debemos ser firmes a la hora de exigir a los poderes públicos que los compromisos pasen de las palabras a los hechos, que asuman la obligación de tener en cuenta estos factores al desarrollar cualquier proyecto, que se escuche a los científicos, que se tomen decisiones valientes aunque no den rédito electoral.
Nos lo dice el paisaje después de la debacle: hay que afrontar el futuro.

Foto: playa de Bolonia, en Tarifa (Cádiz).






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