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Vejer de la luz

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Beka en tiempos de fenicios y cartagineses, Besipo para los romanos, Bekkeh para los musulmanes, Vejer de la Miel durante siglos por la abundancia de colmenas, Vejer de la Frontera en nuestros mapas… Y para nosotros, simples viajeros sin la gravedad que imprimen las civilizaciones, será siempre Vejer de la Luz.

Los mapas

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Los mapas ya no publican la ruta de vuelta a ti, cantaba melancólico Javier de Torres en uno de sus mejores álbumes. Pero a mí siempre me ha parecido que en los mapas sí se plasma, a medida que cumplimos años, nuestra vida. Porque con ellos es como si se reescribiese, en cada ocasión, el mundo. Esa casa en ruinas al finalizar la calle, la luz colándose por las rendijas de unos olvidados ventanales, una mesa y una silla que esperan indemnes al caer la tarde, el rincó n perdido de no se sabe qué muralla, los ojos de ella y su asombro ante lo bello. Me da igual que sea en Madrid o en Vejer, en Tarifa o en Viena, en una gran urbe o en un elegante pueblo blanco. Abrir el mapa es, para mí, una de mis más imprescindibles liturgias. Tratar de adivinar caminos, anotar al margen, encontrar huellas, perderme, regresar por mis pasos, trazar sentimentalidades. Un material a base de señales, círculos, letras ininteligibles con las que unas veces doy forma a estas líneas, y que, en otras, tan

Los lances

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Cuenta la mitología que Hércules, obedeciendo al rey de Tirinto, se enfrentó al monstruo Gerión para robarle sus bueyes y entregárselos al monarca. De regreso, dividió en dos el Atlas para así poder pasar más facilmente, uniendo de esta forma el océano Atlántico y el Mar Mediterráneo, creando así el Estrecho de Gibraltar. El Estrecho era para los antiguos el límite de lo conocido, el último de los abismos, el fin del mundo, pero se convirtió en una de las rutas de  navegación más importantes del globo y testigo de numerosos episodios de la historia de la humanidad. Hoy, cuando los monstruos son otros, cuando parecemos no conocer límites ni abismos, se nos presenta aún con toda la fascinación, con toda la magia. Las que nos produce contemplar el tránsito de peces y cetáceos bajo sus aguas y de aves en sus cielos. Un homenaje a estas últimas es este sencillo sendero: el de Los Lances. Su nombre hace referencia a la playa homónima por la que discurre, la situada más al sur de toda

Playa de Bolonia

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C uando llegamos, una multitud de bañistas se agolpaban frente a la orilla clavando, cual lanzas en medio de la guerra, sus sombrillas en la arena. Nosotros, sin embargo, no pudimos dejar de caminar, hipnotizados, hacia una gran lengua de oro. Porque el estallido de colores que te regala esta playa, con el turquesa del mar, el azulado del cielo, el verde de las copas de los pinos y el dorado de las dunas, seduce, embriaga, exalta. Y te lleva irremediablemente a andar p ara ver más, para descubrir más, aunque la percepción de las distancias nos juegue una mala pasada y se haga de rogar nuestro destino. Pero merece la pena. Más de treinta metros son los que separan su cresta del suelo, nuestras huellas de su cielo. Treinta metros es la altura aproximada a la que se yergue monumental, frente a nosotros, la duna de Bolonia, en Tarifa (Cádiz). Una duna es un acúmulo de arena fruto de la acción cambiante del viento y del encuentro con diferentes obstáculos, lo que le da un gran dinam

Baelo Claudia: La Pompeya española

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Así definió el arqueólogo francés Pierre París la ciudad romana que encontró tras sus excavaciones hace ahora poco más de cien años, la misma cuyos vestigios hallara antes en los escritos de viajeros y eruditos. Dijo Kafka que leer es siempre una expedición a la verdad y no se me ocurren unos hechos que puedan dar a la frase más literalidad que el descubrimiento de Baelo Claudia, en Tarifa (Cádiz). Descubrimiento es, e impactante, salir del centro de interpretación y ver las columnas de la antigua basílica emerger y fusionarse con el azul turquesa del Atlántico, con el verde de los pinares y con el dorado de la gigantesca duna. Un espectáculo. Porque una de las grandezas de este conjunto histórico es, precisamente, el paisaje. Nada más y nada menos que la Ensenada de Bolonia, dentro del Parque Natural del Estrecho de Gibraltar, en la actualidad uno de los enclaves más vírgenes y menos transformados de la costa gaditana, y que atesora notables valores naturales y ecológicos. U

El Empíreo

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Encadenando pasos, persiguiendo luces como en un cuadro de El Bosco, esculpìendo cicatrices. Somos un batir de alas, el rugir del viento, siluetas en el horizonte, arena de desierto. Somos el sueño de un ancestro, que pisó por vez primera esta tierra, el rastro de un futuro, la ilusión de una promesa. ¿Qué hay más allá? ¿Cuál la próxima frontera? ¿Qué se esconde tras el Empíreo? ¿Qué detrás de tanta fuerza? Lo pensé mientras abandonaba este mar, estas dunas, el calor, estas playas. Y me acordé de El Bosco, de ti, de tus anhelos, de tu esperanza. No te detengas, que lo llevamos escrito a fuego, el caminar aun estando solos, continuar aunque azote el miedo. Amar, desear, sentir, vivir, subir la última duna. Ninguna idea nos debe despojar de eso. Ninguna. Detalle de "La ascensión al Empíreo", de Hyeronimus Bosch (El Bosco) .

Sorolla en Salobreña

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A veces, la vida te regala un cuadro de Sorolla, oculto para otros ojos, al cruzar la esquina.  O te obsequia con Morente cantando a Lorca, desde el silencio de un balcón con alas: "Se cayeron las estatuas al abrirse la gran puerta, al abrirse la gran puerta." Ilusión, alegría, sueños, lucha. Da igual. Ábrela. Y que se caigan las estatuas. Todas las estatuas

Gualchos. La forja de un carácter.

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Dijo Nietzsche que sólo comprendemos aquellas preguntas que podemos responder, quizá por eso decidí ir a Gualchos, el pueblo natal de la madre de mi tatarabuelo. Crecí observando su retrato y prestando atención a las historias sobre ella que se contaban en mi familia, todas aludían a su temperamento, a su fuerte carácter, a la autoridad ejercida sobre los suyos. Pero pronto intuí que había algo más, oculto tras las sombras oscuras que inundan  su pintura. Porque allá dónde otras personas advertían dureza, yo jugaba a adivinar cicatrices; donde muchos notaban genio, yo percibía algunos ecos de un mundo al derrumbarse; donde otros veían pasado, yo veía futuro. Y me sumergí en libros, legajos, retazos confusos de letras ilegibles. Dª Florentina Martínez nació en este pueblo de la alpujarra granadina en el año de 1802. Se casó con D. Francisco Jaén Maza, natural de Alicante, uno de los pioneros (emprendedores les llamamos ahora) que hizo posible que el Puerto de Málaga fuera, a media

Historia en Almuñécar

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Como dijo Lamartine, la casualidad nos da aquello que nunca se nos hubiera ocurrido pedir. Cuando dejamos La Herradura y llegamos a Almuñécar no sabíamos muy bien qué hacíamos allí, pues aquel no era el tipo de lugar que buscábamos. Pero, ni en nuestros deseos más optimistas se nos hubiera ocurrido pedir, en Almuñécar, un entramado urbano histórico adosado a las murallas de un castillo como el que existió hasta no hace muchas décadas en Málaga o Granada. Y es que siempre me  han parecido fascinantes las fotografías de la Alcazaba malagueña habitada. Casas en su mayoría de una sola planta, de paredes encaladas, calles de trazado laberíntico emulando su origen musulmán, gentes humildes, pobreza, abandono, pena. Aquello tuvo su origen en la pérdida de la función militar de la fortaleza por parte de Carlos III en 1786, lo que atrajo a ella a personas de pobre condición social conformándose todo un barrio. Algo similar ocurrió en La Alhambra, la que descubrieron los románticos, la de los