miércoles, 12 de septiembre de 2018

Castillo de Salobreña - El Caletón II

Descendemos de nuevo desde el Castillo hasta la Calle Cristo, momento que aprovechamos para comer algo y reponer fuerzas antes de iniciar el camino hacia la playa. Lo decimos siempre, aprovecho y lo digo ya: evitad este tipo de caminatas los días de calor extremo y siempre, por favor, calzado cómodo, protección solar y mucha agua. El senderismo es salud o no es nada.
Porque para llegar a La Caleta, lugar en el que están las calas de El Caletón, El Pargo o El Cambrón hay que atravesar aproximadamente 1 hora de carretera por tierras de cultivo, una carretera en la que no hay prácticamente espacio para el peatón, con lo que es necesario extremar las precauciones. Al final de esta aparecen las instalaciones de lo que era la fábrica azucarera que durante décadas fue la base de la economía de los salobreñeros.
Lo que viene a continuación es increíble. Tras un estrecho pero breve paseo de piedra bordeando la costa, se descubre El Caletón, una cala tranquila, solitaria, con apenas cuatro personas cuando llegamos en una tarde de verano, flanqueada por unos acantilados espectaculares. Con poco más de 30 m de longitud y 10 de ancho, pertenece a una Zona de Especial Conservación (ZEC) por su alto valor ecológico, por sus fanerógamas marinas, su gran cantidad de peces e invertebrados, así como tortugas, delfines y calderones. Las aguas son cristalinas y, sin necesidad de buceo, pudimos descubrir la presencia de la caracola Nassarius reticulatus o la lapa en peligro de extinción Patella ferruginea.
Al regresar por el mismo camino podemos ver rocas de un gran interés geológico, y ahora sí, la efigie del castillo imponente a lo lejos, elevándose sobre la mar de la tarde y sus cañas de pesca. Y, como broche de oro, uno de esos regalos que a veces te hace la vida, y que no están para todos los ojos, una estampa que pareciera salida de un cuadro del gran Sorolla: dos pequeñas barcas de pescadores en una orilla de rocas y algas con los muros decadentes de la vieja fábrica a sus espaldas.
Una auténtica gozada. Y más que eso: la conservación de enclaves como este es diferenciación, generación de destino y valor añadido. Lo que sí genera, a diferencia del precarizante turismo masivo, con una adecuada gestión, empleo estable y de calidad.
Una última reflexión: pienso a veces que mucha gente no es feliz, o al menos no disfruta de momentos de felicidad, porque no está dispuesta a pagar el precio, a llegar al final, al último metro de la ruta. No encuentra su cuadro de Sorolla, su regalo. Y esto sirve tanto para el senderismo, como para la vida






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