jueves, 13 de septiembre de 2018

Peñón de Salobreña - Mirador de Enrique Morente

"La libertad es el arte de vivir."
Esta frase del cantaor granadino Enrique Morente acompaña al monumento con forma de silueta dedicado a su figura que corona uno de los miradores más espectaculares que tiene Salobreña.
Pero no es allí, en la cumbre del gran roquedo, a pocos metros del castillo árabe del siglo X, donde comienza la ruta que vamos a ver hoy, sino abajo, en las aguas, las mismas que baten otro promontorio: el Peñón. Comenzamos.
Fue hasta hace unos siglos un islote, tuvo una importancia estratégica desde el punto de vista militar, lugar de culto para los púnicos y, entre sus recovecos, se han encontrado piezas de cerámica de épocas tan remotas como el neolítico, la edad del bronce o de la del cobre.
Toda una joya que será nuestro punto de partida para comenzar a andar en dirección oeste, camino en el que al otro lado del mar no veremos grandes urbanizaciones, ni instalaciones hoteleras que provocan el irreparable impacto en el paisaje como en otras localidades de la costa. En lugar de todo eso vemos la vega, otro mar, pero de caña de azucar, de cañadú, igual que hace siglos, cuando estas especies fueron traídas de oriente. Y ojalá permaneciera así muchos siglos más.
Nos dirijimos de nuevo hacia el Castillo, pero en esta ocasión no llegaremos hasta la gran fortaleza nazarí, aunque puede hacerse, sino que ascenderemos por el sendero conocido como "El Gambullón", un impactante tajo en la cara oeste del gran cerro. Y en ese camino, en ese ascensión veremos flora rupícola. Es decir, plantas adaptadas a la roca, a sus pocos nutrientes, al viento, a la sal que llega de las aguas. Un ejemplo son los helechos.
Ojo, estamos subiendo por la antigua vereda del Castillo, lugar de tránsito para las caballerías que se dirigían a él en tiempos de los árabes, hace casi diez siglos. Una pasada.
Y miraremos las impresionantes vistas que vamos dejando a nuestras espaldas. Y observaremos el cielo. Luego hablaré de lo que vimos en el cielo. Y llegaremos al fin, a lo más alto. Una vez en el pueblo seguiremos las indicaciones para llegar al Mirador.
Desde el Mirador de Enrique Morente se ve el mar inmenso con su peñón, desde dónde partimos, en el centro; a la derecha la gran alfombra verde de la vega, con sus juncos, sus carrizos; y más a la derecha los acantilados de La Caleta. Podemos imaginarnos al cantaor cantando versos de Lorca. Podemos poner nuestra mirada en el cielo y, en él, afortunados, sorprendernos con su vuelo, nada más y nada menos, que lo que creemos que es (no podemos afirmarlo con seguridad por su lejanía) un cernícalo común, Falco tinnunculus, muy frecuente entre otras rapaces en la zona.
"La libertad es el arte de vivir", dijo Morente. Y, la verdad, con lugares como éste, ese arte es mucho más sencillo.





No hay comentarios:

Publicar un comentario