Los mapas

Los mapas ya no publican la ruta de vuelta a ti, cantaba melancólico Javier de Torres en uno de sus mejores álbumes. Pero a mí siempre me ha parecido que en los mapas sí se plasma, a medida que cumplimos años, nuestra vida.
Porque con ellos es como si se reescribiese, en cada ocasión, el mundo. Esa casa en ruinas al finalizar la calle, la luz colándose por las rendijas de unos olvidados ventanales, una mesa y una silla que esperan indemnes al caer la tarde, el rincón perdido de no se sabe qué muralla, los ojos de ella y su asombro ante lo bello.
Me da igual que sea en Madrid o en Vejer, en Tarifa o en Viena, en una gran urbe o en un elegante pueblo blanco. Abrir el mapa es, para mí, una de mis más imprescindibles liturgias. Tratar de adivinar caminos, anotar al margen, encontrar huellas, perderme, regresar por mis pasos, trazar sentimentalidades.
Un material a base de señales, círculos, letras ininteligibles con las que unas veces doy forma a estas líneas, y que, en otras, tan solo acaban agolpadas impasibles en los cajones y en el olvido.
Reescribimos en cada mapa el mundo, decía. Pero también lo hacemos sin ellos, cuando creyéndolos ya no tan necesarios, encuentran su sitio en la mochila, en el bolsillo de un pantalón o de una camisa. Es entonces cuando, sin rumbo, más se abre paso la sorpresa, lo inesperado, lo desconocido. La libertad de los caminos que no están marcados. La vida que debe estar, como dijo Milán Kundera, en otra parte.
Cuando ya no hay objetivos que cumplir, nada que ver, nada que tachar de a lista, desaparecidos en su mayoría los turistas. Cuando se le dibuja a uno, en el rostro, una media sonrisa.
Ese debe ser el último servicio que nos presten los mapas, su testamento: desaparecer, echarse a un lado cuando no nos hagan falta. Es entonces y solo entonces, amigos, el momento en el que, además de reescribir el mundo, lo hacen también, aunque ni nos demos cuenta, con nosotros mismos.


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